Hoy te escribo desde la distancia de nuestros espacios, esos que ya conocíamos y estos días te han devuelto la sonrisa.
A veces el mundo es caprichoso y reparte los amores de manera desordenada, hay quien prefiere ponerle nombres como amor maduro, insulso y costumbrista, sometido a un día a día donde la rutina y los quehaceres se acentúan dejando de lado la chispa que tanta vida da a los corazones.
Otras veces nacen amores incondicionales, profundos y directos, son amores casi enfermos que tienen ese encanto de la adolescencia, que te llenan la cabeza de pajaritos que te llevan a olvidarte de las cosas más esenciales, son esos amores que hacen que todas las canciones de amor sean tuyas. Es un amor lunático, desproporcionado y caprichoso pero tremendamente bonito.
El amor maduro es pausado, quizás menos esclavo y más llevadero, de alguna manera se suele acoplar a la rutina con facilidad fusionándose con ella sin problemas, ocupando el espacio imprescindible para no perturbar esa paz y ese tiempo de nuestro día a día que se mantiene equilibrado.
El amor intenso no entiende de protocolos, se salta a la torera las pausas, los tiempos y las rutinas porque de alguna manera está presente en cada espacio, propósito y momento, es un huracán de sentimientos que te envuelve sin pedir permiso.
A lo largo de nuestra existencia paseamos amores de los dos tipos y en la elección está el gusto, hay quien prefiere la comodidad de la rutina y hay quien opta por llenarse de aventura.
Pero eso si, buena amiga no dudes en volar si el segundo te regala alas porque este aparece pocas veces en la vida.
