Diferencias entre el amor maduro, el adolescente y los recuerdos

Hoy he tenido uno de esos momentos “T”, he ido a coger el ratón para escribir de nuevo y me he encontrado que las pilas se habían agotado; me he quedado un momento pensando de donde cojones iba a sacar otras y he tirado mano del mando; no he podido evitar acordarme de mi querida amiga en sus tiempos de soledad cuando Xavi vivía en Barcelona y venía los fines de semana a verle; sabía que le había echado de menos mucho cuando echaba mano al mando para encender la tele y no funcionaba, sin duda era preciso echar mano de su amigo el pequeño que las pilas duraban poco si se usa con frecuencia.

A veces la vida te sorprende con ideas un tanto extravagantes que te devuelven una sonrisa cuando las enredas con los recuerdos. Enredarse con los recuerdos es fácil especialmente cuando eres tu misma la que los has preparado y elaborada con tanto mimo que los has hecho inolvidables.

Recuerdo una de esas noches de insomnio por haberte tirado todo el día haciendo “el gamba” en la playa, torrada de sol pero llena de pensamientos, esa noche Josep tenía una de esas noches melancólicas donde nos perdíamos en filosofías sobre el amor adolescente y el amor maduro. Su primera chica se llamaba Mª Dolores, la verdad es que el nombre ya te invitaba al mayor de los desdenes; era una chica mayor que él de la que estaba locamente enamorado y por la diferencia de edad nunca pudieron disfrutar de su amor con la libertad que les hubiera gustado. Resultaba curioso ver a mi querido Josep realmente compungido recordando su primer amor con esa nostalgia, especialmente cuando a día de hoy vive su vida con total libertad dando las calabazas que a él le viene en gana. Allí fue, cuando echando mano al tiempo no pude evitar mirar atrás y recordar otros amores que me habían marcado en la adolescencia.

He de decir que hablar de amor es llenarse la boca de mil palabras y ser incapaz de definirlo con la precisión que merece porque se mezclan las imágenes con las sensaciones, la alegría con la tristeza, la seguridad con la duda; hablar de amor es sentarte a tomar un café y cuando llegas a dibujarlo con exactitud se te ha olvidado por donde empezaste y encima se te ha enfriado.

Una de mis aficiones en la adolescencia era enamorarme, unas veces con más pasión que otras pero tener esa mariposilla dentro me daba las alas para sentir con más intensidad las ganas de vivir, de comerme el mundo y sobretodo compartirlo.

Cuando Josep me preguntó cual fue mi primer amor por un momento me quedé pensando, debía echar la vista atrás demasiados años, cuando una pasa los cuarenta parece que todo queda más lejos, especialmente cuando hablas de los quince y entonces recordé a Sau y me trasladé a aquel verano del 92.

Es increíble cuando te sumerges en el tiempo con ganas la calidad y la precisión que adquieren los recuerdos, la dulzura y la sonrisa que se llega a dibujar en los momentos que llegas a sentirlos como si los estuvieras viviendo y entonces llegó aquel bonito amor de los quince un verano en un pueblo pequeño Leridano.

Ese verano del 92 a mi tía se le metió en la cabeza que mi prima Nuria aprendiera a escribir a máquina así que no se le ocurrió otra cosa que pasara un mes en Silla con nosotros aprovechando que mamá daba clases de mecanografía; ese verano junto a ella marcó entre nosotras un antes y un después. Aprovechando el cariño que ambas teníamos nos negábamos a separarnos antes de comenzar las clases, era tanta la complicidad que compartíamos que cuando volvimos de aquel viaje de la EXPO me propuso pasar el resto del mes junto a ella en Lérida.

Y entonces apareció Abel; no logro recordar exactamente en qué momento nos cruzamos, o en qué momento me dejé enredar por su locura, pero sin darme cuenta estaba sumida en un sueño de verano donde cada trocito de aire me llenaba el corazón de mariposas. Supongo que de alguna manera encontrarte libre en un pueblo donde nadie te conocía a una le abría las puertas de un mundo nuevo; si me pongo a pensar en ese momento que me cautivó de él fue su naturalidad, su desparpajo, su poca vergüenza además de unos bonitos ojos verdes en los que me perdía cuando le miraba o escuchaba en sus propósitos de cambiar el mundo con tan poca coherencia, pero con tanta intensidad. Uno de mis grandes defectos siempre ha sido enamorarme de personas poco convencionales, con lo sencillo que es encontrar personas normales a mí me apasionaba encontrar almas libres o llamémosle lunáticos. Descubrir con él los rincones más peculiares de aquel pueblo, escondiéndonos de las miradas de la tieta que poca gracia le hacía que su sobrina a la que habían dejado en custodia anduviera manoseándose con un chico con quince años. Aquel verano era fiesta mayor, siempre tan viva para la gente de un pueblo de 700 habitantes y para una valenciana en tierras catalanas toda una aventura que vivir especialmente de la mano del chico más increíble del mundo. Entonces llegaban los besos, los sueños y la ilusión por compartir cada segundo de aquel verano que no querías que terminase nunca; las tardes a escondidas los dos en su habitación escuchando Sau mientras explorabas cada rincón, cada espacio, donde reconocías las novedades de tener un chico cerca y el color del amor en la adolescencia compartiendo algo tan bonito y entrañable.

Recuerdo cuanto me costó marcharme y también cuanto tiempo lo tuve en mi corazón preguntándome que habría sido de su vida y si tal vez algún día volvería a verlo. Tras la marcha vinieron un reguero de cartas donde nos contábamos como iban nuestras vidas y cuanto nos echábamos de menos, en algún rincón de la caja donde guardo los recuerdos conservo una foto donde ya casi en la despedida me mandó una foto para que no me olvidase de él.

Como olvidar a Abel, esa cara de pillo con ese pelo corto rubio y la cabeza llena de ideas, ese chico intenso hasta llegar a abrumar el alma y arrancártela, aquel momento subiendo la calle empinada de aquel pueblo de rodillas contándote todo lo que sentía, como olvidar su sonrisa preguntándote cuando hablaba su alma y cuando su ironía, como olvidar la magia de un primer beso o de los mil más.

Y es que el primer amor tiene esas cosas, quizás lo idealizas para cuando vienen las vacas flacas del resto de amores o quizás lo has sentido con tanta dulzura que te ha quedo para siempre dentro.

Y así pasó el tiempo, en mi paso por Barcelona supe que también vivía allí pero Fer se cruzó en el camino y no encontré mucho sentido a buscar viejos amores empezando uno nuevo en la ciudad.

Esta semana en el trabajo, haciendo una de las facturas me apareció un apellido que me sonó de cerca y de nuevo vino a mi cabeza; por la noche indagué entre las redes a ver si encontraba su rastro y para mi sorpresa allí apareció.

He de decir que la vergüenza es uno de los matices que una olvida cuando la curiosidad mata al gato así que le escribí y para mi sorpresa, me contestó. No lograba creer que fuera posible, casi treinta años después sentado en su terraza de un pueblo de mar estaba sentado Abel supongo que más alucinado que yo.

Las redes tienen magia, tienen esa capacidad de unir los quince con los cuarenta en un “chas” y darte la alegría de encontrar personas que han sido bonitas en tu existencia; bien es cierto que nos hemos perdido la madurez por el camino pero tener la oportunidad de volver a conversar es como entrar en una película de Woody Allen y ser una de las protagonistas de la Rosa púrpura del Cairo.

 Ahora sé que cuando vuelva por Barcelona tengo una visita pendiente, una de esas que imaginas que vas a tener pero que llegan.

Y toda una disertación por algo tan complejo sobre debatir entre los amores en la adolescencia y los amores maduros, tan distintos pero tan afines cuando la esencia la tenemos nosotros dentro para equilibrarlos.

Y es que ser “feme fatale” es mucho más fácil que sentarte con tus sentimientos y ponerles orden; digamos que hasta para eso soy inconformista.

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